21:08 – Viernes 15 de abril. La abuela dice que si comes carne y no ayunas, te vas de jeta al infierno.
Y no pues, con esto del feisbuc es difícil encontrar tiempo para pasear y recordar viejas tradiciones paceñas. Si antes de estas sonseras la Huyustus era más transitada que la 21, esa la del ketal.
Hoy regresé de un país vecino -de otro lugar se dificulta el regreso-. Sólo aquí podía terminar el papeleo de la universidad. Es una carrera larga, y simplemente no es motivante estar detrás de aquel que está en último lugar.
Papeleo es sinónimo de filas dentro de la ciudad. Tuve suerte, la secretaria no se dio cuenta de mi carné de identidad caducado ni de mi título de bachiller sin firma. Igual no más les pagan por sellar macanas. Después de salir de esa oficina me fui a comer una hamburguesa, al Iglu obvio. A diferencia del exterior, en la ciudad no importa la calidad de la carne, la densidad de los condimentos, la limpieza del lugar ni la información nutricional. Basta con que diez pesos te alcancen para su coca cola y que su mayonesa no te salude para comer tranquilo.
La casa de mi abuelo es algo especial. El aparato de entretenimiento por excelencia es la radio, la idea de comprar una televisión es pecado (no confundir con PK-2, el grupo favorito de mi abuelo, éste último está permitido en la radio). Si se presta atención al lugar, sobretodo en su patio, hay charangos que crean una suave música de fondo, unas zampoñas que ponen un ritmo lento de vida y como dos o tres voces profundas que tratan de contar la historia del lugar. No las entiendo, seguro es aymara.
He intentado masticar la hoja de coca con los premolares, como la gente normal. Pero mi abuelo dice que esas cosas -brackets- cagan el efecto. El dentista no tenía liguitas color aguayo, claro que luego uno se pregunta "¿y de qué color son pues?". Para eso estudian tanto estos médicos.
Extrañaba tanto el olor a aji de fideo de la cocina, los incesantes sonidos del tilín de en frente, el aroma a humintas los domingos, ese ají de maní de las tucumanas y tantas otras cosas más. Saliendo del museo hoy día, recordé lo mucho que extrañaba la desconfianza de los paceños. "¿Ya me has pagado?" me preguntaron antes de abrir la puerta. Sólo tienes que sonreír y se dan cuenta que estás a un paso de alterarte. Y creen que los estas mamando, que tienes alguna trampa lista bajo la manga -la manga derecha, de otra forma piensan que aparte de tramposo, eres masista-.
Y en mi casa, la empleada mira no más, parece que su guagua se dio cuenta primero que entre más chiquito sea lo que robes, más alto es su precio en el barrio chino. Ahora que lo menciono, ahí también se encuentran cosas del ketal. Esa la de la 21.
La música es otro arquetipo poco general usado en masas separadas por el ingreso mensual. The Beatles son los Kjarkas, Simple Plan se llama Antix, Eminem es un tal Papirri y el equivalente de Marley es Matamba -ojo que para estas comparaciones no se toma en cuenta la fama internacional, el conocimiento musical, la versificación profesional y el uso de alucinógenos (respectivamente)-.
Bella mi ciudad, con su variedad inexplicablemente similar a la de afuera. Y sus movilidades, que desfile, que exposición de motorizados. Compromiso eterno con nuestra sociedad. Siento a cada minibús que subo, al mismo par de señoras que charlan en el asiento de atrás, las mismas voces, el mismo argumento, la misma parada, las mismas monedas, el mismo celular, el mismo "Fernando le vas a hacer comer segundo al Mauri". Típico de La Paz. Hoy la pelea fue con escolares, llegó el dos setenta vacío y logré entrar a la fila del fondo, esa que no tiene ventanas para abrir y al mal calculado centro una barrita metálica que sólo sirve para rompemuelles olvidados, curvas cerradas y choferes emputados.
Ni aipods, ni emepetreses, ni libros, ni cuates, ni charlas, ni novia(s) te salvan del obnubilante ritmo de la radio de nuestro amigo el conductor. Es tan fuerte el bolumen que vale escribirlo con b. Y está prohibido hablarle, mirarlo, tocarle, tocarlo, molestarle y molestarlo. Así dicen los stikers. Primero pasas por su manager -vocero según los noticieros-. Y si éste no te presta atención, está permitido hacerle renegar pidiéndole tu vuelto cada tres minutos.
Tengo cierta prisa de querer dejar este lugar otra vez. El marcharse por un tiempo de la tierra rutina siembra una ansiedad que solo es cosechada después, cuando uno empieza a extrañar la agobiante vida del paceño. Afuera sólo piensas en la llajua y en esas cebras cruzando las calles en dos patas, pretendiendo ser humanos. Que giles. Extrañar esas marchas, bloqueos movilizados –con ironía y todo-, bajo en la esquina, rebajame casera, nadie se queda cruce, llevate caserito y tantas otras frases poéticas nacidas del duro corazón paceño.
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