miércoles, 15 de febrero de 2012

Léase de noche

Se siente bien. Como si el paraguas te abrigara de alguna forma, como si te diera calor.
Esa seguridad que sientes cuando a centímetros de tus zapatos de cuero ves caer un centenar de gotas por segundo.
Y tu ni te mojas, ni una gota te llega; aunque mueras de sed.
Una mano en el bolsillo, la otra esta sujetando ese armazón metálico que no te deja mojar.
Impotencia, quizá debilidad.
Saber que si cierras el paraguas entrarás sumergido en otro mundo. Con más colores, con más contacto, con más volumen.
Quizá ese ruido incesante del golpear de las gotas contra el piso no te deja pensar claro.
Deberías estar agradecida de ese ruido, de otra forma esta lluvia sería aburrida.
Y no se detiene, sigue lloviendo. Como si las gotas desaparecieran en el piso e inmediatamente volvieran al cielo a disfrutar de esa travesía.
Sería bello que empieces a fumar; que respires esa combinación espesa de aire húmedo de lluvia y tabaco.
Impotencia, quizá falta de voluntad.
Te empiezan a arder los oídos, es el mismo calor que sientes cuando te culpan de mojar el parquet con esas botas carísimas.
Ahí dentro de tu casa.
Donde la lluvia no llega.
Ahí preciosa.
Ahí das asco.


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