miércoles, 15 de febrero de 2012

Léase de noche

Se siente bien. Como si el paraguas te abrigara de alguna forma, como si te diera calor.
Esa seguridad que sientes cuando a centímetros de tus zapatos de cuero ves caer un centenar de gotas por segundo.
Y tu ni te mojas, ni una gota te llega; aunque mueras de sed.
Una mano en el bolsillo, la otra esta sujetando ese armazón metálico que no te deja mojar.
Impotencia, quizá debilidad.
Saber que si cierras el paraguas entrarás sumergido en otro mundo. Con más colores, con más contacto, con más volumen.
Quizá ese ruido incesante del golpear de las gotas contra el piso no te deja pensar claro.
Deberías estar agradecida de ese ruido, de otra forma esta lluvia sería aburrida.
Y no se detiene, sigue lloviendo. Como si las gotas desaparecieran en el piso e inmediatamente volvieran al cielo a disfrutar de esa travesía.
Sería bello que empieces a fumar; que respires esa combinación espesa de aire húmedo de lluvia y tabaco.
Impotencia, quizá falta de voluntad.
Te empiezan a arder los oídos, es el mismo calor que sientes cuando te culpan de mojar el parquet con esas botas carísimas.
Ahí dentro de tu casa.
Donde la lluvia no llega.
Ahí preciosa.
Ahí das asco.


miércoles, 1 de febrero de 2012

Te Quedaste Atascado en el Ascensor


¿Alguna vez se quedaron encerrados en un ascensor?

Voy a describir la situación de la forma más fiel. A mi derecha esta una tapizada pared metálica, que seguramente por fuera da a unos rieles que sirven de carril para el ascensor. A mi izquierda está Betto, escribiendo cosas similares en su celular. Y al fondo, con ganas de dormir y un poco de resentimiento está Rocko. Este pintoresco escenario se pintó a partir de una inocente prueba del factor de seguridad. Un simple empujoncito al ascensor mientras este estaba subiendo y se detuvo. En un caso cualquiera, después de que el sistema del ascensor sepa que no existen más amenazas hubiese reanudado su trayectoria. Y reanudar la trayectoria es lo único que le faltaba a nuestro ascensor. Parece que la puerta no puede volver a cerrarse e intenta hacerlo cada minuto.
Debemos aceptarlo, sólo intentamos 10 minutos solucionarlo desde nuestra posición. En el minuto 11 después de una democrática decisión tocamos la alarma del ascensor. El portero del edificio nos atendió muy humildemente, pero parece que desde afuera tampoco puede hacer mucho. Lo peor es que es domingo y el famoso técnico dice estar en El Alto.
Pasó ya una media hora, y como gente muy animada, decidimos hacer un video. Estamos calmados por suerte o porque no sabemos en realidad cuanto tiempo vamos a estar aquí. La conclusión a tal iniciativa fueron cinco tips para la gente que se queda atrapada en un ascensor.

Tip número uno
Si tienen a una persona claustrofóbica dentro del ascensor, duérmanla con alguna llave estranguladora, les ahorrará tiempo y paciencia. Si tú eres la persona claustrofóbica, no ofrezcas resistencia cuando quieran dormirte. Y si estas solo y sufres por lo mismo, aguanta la respiración hasta caer desmayado.

Tip número dos
Si tienen algún dispositivo electrónico que les permita distraerse por un par de minutos, úsenla solamente después de los primeros 45 minutos. Ello significaría que…

¡Eh! Ya funciona el ascensor.



lunes, 31 de octubre de 2011

Maldita ninfulomanía

Así estaba ella, esperando a una estrella que la lleve lejos. Se sentía pequeña, fracasada, en el fondo del mundo. Trataba siempre de respirar profundo para sentir el aroma de las rosas de las personas que pasaban con dirección al cementerio. Y esa voz, esa que le decía: Ven, ven conmigo... Cierra tus ojos y sueña. En el piso no quedaba nada, nada podía olvidarse antes de marchar pues nada llevaba. No había nada que perder, había intentado por días seguidos rascar el cielo para quitarle un poco de su irritante indiferencia azul. Y esa voz, esa que le decía: Cierra tus ojos, ciérralos y sueña. Tres minutos después, le puso pausa, retrocedió la pista para que sonara de nuevo y continuó escuchando la voz.

Débil. Tiene el corazón débil, diecisiete años y está asustada. Ven, ven conmigo. La música de fondo está cada vez más lenta y de alguna forma todas las siluetas de su alrededor se vuelven blanco y negro. El corazón se asfixia, le cuesta respirar. Cierra los ojos y sueña. Las rosas pierden su aroma, su color, para qué sirven si no es para olerlas y mirarlas. 

No se lo puede contener.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Ángela


Miércoles 17

Te faltaban tres gradas. Y aún con la luz artificial podía distinguir el color de tu piel, el brillo de tus ojos, los revoltosos cabellos que salían de su lugar por el movimiento de las anteriores gradas. Y llegaste. Sí Ángela, no digas que no hiciste nada para enamorarme de esta forma. Tú llegaste, y fue aquello más que suficiente para que caiga de rodillas a tu indiferente cariño.
Estabas perdida amor mío, y yo te encontré. Y por encontrarte debes entender que al mismo tiempo que sucedía todo, me encontraba perdido también.
¿Cómo te llamas? Cómo si no supiera tu nombre, cómo si fueses nueva en mi vida. Y tu, con toda tu inocencia respondes Ángela. ¡Si supieras mi secreto! Que ahora que te conozco lo he vuelto tuyo y mío; nuestro secreto.

No dejo de pensar en las sonrisas que regalaste en ese encuentro dinámico, enmarcado en un humilde ensayo de baile. No puedo olvidar tu recogido peinado, tu atuendo poco improvisado. Qué torturas me ibas a provocar, cuántas noches de insomnio me regalarías.

Ángela; ni siquiera es necesario que los labios se junten para pronunciar tu nombre. Án-gel-a. Como caída del cielo, o florecida del infierno. Con esa energía guías mis días, aguardas mis noches. Ángela, Ángela, Ángela... control ce, control ve. Hasta llenar la página doncella mía.

Jueves 18

Eras ñoña. Ñoña como tu admirador secreto. Como este imbécil que no se da cuenta que mientras tu vives, yo escribo; mientras tu gozas, yo padezco. 

Miércoles 24

Escapaste de mi compañía. Debiste darte cuenta que solamente es a tu lado al que quiero estar. Eres la rosa entre una espesura de plantas con gracia desgastada. Eres la nínfula entre mujeres adoctrinadas al baile. Te seguí, te esperé. Estudias psicología amada mía. La hija menor, mujer con facciones de párvula que tiene mi ser atado a una angustia escandalosa.

¿Helado o café? Obviamente helado. Debo entender de ese tipo de respuestas una intención liberal, juvenil, libre de formalidades. Eres una niña y al mismo tiempo una mujer, y ambas Ángela, ambas son bellísimas. ¿Pipocas dulces o saladas?, ¿Cine o cena? Todas esas preguntas planeadas tuvieron respuestas, sin convicción para desgracia mía. Y tenía el objetivo claro de invitarla a salir -¿Todavía se hace eso, verdad?- “Buenísimo” respondiste cuando te ofrecí el helado. Y tu apresurado paso me dejó atrás con el autoestima por el piso. Sabía que debía haber esperado más tiempo, pero era incapaz. El fuego que traes por el hecho mismo de pertenecer a un mundo normal quema todo intento de paciencia.



Jueves 25

Escapé de ti. ¿Acaso es irritante mi insistir? ¿Acaso debo entender esa dolorosa indiferencia como señal de la banalidad de mi amor? Cómo logras quedarte en silencio, y al mismo tiempo hablar tanto, decirlo todo, con tu cuerpo.
Viernes 26

Fría, lejana. Entre más te alejas, más te amo. Quiero pelear a pesar de tantas batallas fracasadas en el pasado. A pesar de haber jurado dejar las armas para dedicarme a construir un nuevo refugio para mis sentimientos. Pero te veo, y con tu no mirarme encuentro valor para empuñar mi...

Viernes 2

Te estoy conociendo cada vez más. Sin hablarte, sin mirarte.
Debes tener cuidado con las malas lenguas. Ya no se que decir de ti, ya no se que escribir.

Y cuídate, que nadie te vea limpiándote la nariz con una servilleta.
Siento que te encuentro en cada esquina, sumergida en cada grupo de personas desconocidas. Te siento ajena a las cotidianidades de la gente común, como un enorme y verde pino que inocente lleva una flor roja en medio de su cuerpo. Así de independiente te entiendo, te admiro, te quiero. Que falsa es mi concepción de tu personalidad Ángela, que falso soy al creer que de la persona que hablo eres tú.

No te alejes nunca amor mío. No dejes que el indeciso matiz de lo normal opaque tu simplicidad, como el humo nubla las estrellas al caer la noche en la ciudad. No te alejes, que provocarás en mí la inevitable necesidad de perseguirte, de acosarte, de enamorarte. Camina cerca de lo incongruente, de lo innecesario. Que es la única forma para que termines al lado mío.

Miércoles14

Que preludio más agotador el no haberte visto tantos días. No estaba triste, había pasado a una etapa de indiferencia, ni vivo ni muerto. Encontrarte como te encontré hoy es la prueba clara que los objetos que perdemos se sienten alegres cuando los hallamos debajo de la cama, ocultos en un cajón u olvidados en un bolsillo de un pantalón azul. Así me sentía, y me encontraste Angela. Yo te andaba buscado, pero fuiste tu la que, una vez más, me encontraste.

Siento que aveces presto demasiada atención a lo que dices, aunque nunca me hables; siento que esta atención es desperdiciada. Y caí en cuenta cuando te oí reír. Justo en ese instante descubrí que no importa lo que digas, porque nunca estará a la altura de la delicadeza de tu voz, del timbre de tu inocencia, de la calidez de tus comentarios.

Fueron 46 segundos que estuviste a mi lado. Y debes saber que a partir del segundo 47 de aquella conversación, la que empezó con un despido, has cambiado el color de mi locura. Y cuando disfrutaba los matices grises de la vida cotidiana que llevan nuestros inferiores, empecé a añorar un mundo de colores infinitos. Colorido, infinito. Infinito. En menos de un segundo amor mío. En lo que tarda un segundo de convertirse a otro. Infinitamente pequeño. Infinitamente colorido.



jueves, 22 de septiembre de 2011

Scout

Soy scout. Gonzalo y Roberto eran parte de mi círculo aventurero. Círculo porque en todo momento llegábamos a ser la mano derecha del que estaba a lado. El 21 de septiembre partimos, lo recuerdo porque el taxi que tomamos de la fuente del Prado tenía en la parte delantera no sólo al conductor, si no a su apollerada consorte. Debo admitir que a pesar de todos los años que he convivido con estos dos hermanos míos -no son hermanos de sangre, de sudor frío quizá, pero de sangre no- hemos estado pasando, con mayor frecuencia, por discusiones existenciales. Gonzalo es ateo (jura por Dios que lo es) y Roberto es budista. Para ese entonces yo tenía una convicción católica que podía derrotar al más necio agnóstico. Nos fuimos sin un rumbo fijo, hacíamos este tipo de viajes a menudo. Girar una botella de Simba -Roberto odiaba la Pepsi, nunca supe porqué- y caminar con dirección al objetivo de la tapa. Sic igitur ad astra.
Hacia las ladrilleras, dijo el taxista. La primera noche tuvo lugar en un estrecho sendero en medio de la nada, justo en medio. Descansamos temprano, hubiese sido descortés caminar más allá de medianoche. Cuando las estrellas obnubilaban el campo abandonado, le cantamos cumpleaños felices a Gonzalo. Con solamente dos salchichas en el estómago y unas cuantas galletas, armamos la carpa y dormimos.
El ruido de lo que parecían unos pasos fuera de la carpa me despertó muy temprano al día siguiente. Era una señora de pollera liviana. Tenía un palo de madera en la mano izquierda, delgado por suerte. Detrás se escondía, tímida, una pequeña niña de unos ocho años; agarraba una mandarina -no podía ser una piedra, pues brillaba por la humedad de su saliva- y su mirada amenazaba con asestar la amarga fruta contra mi cabeza. Mis compañeros estaban ateridos dentro de la carpa, por lo que no pude endorsar la necesidad de conversar con la expectante madre.
Alegría en el habla, creo que siempre funciona. Me preguntó el porqué de nuestro acampar y a dónde nos dirigíamos. No podía mentir, y no conocía nada acerca del lugar. Le comenté que nos gustaba caminar y me atreví a invitarla a desayunar con nosotros. Después de una sucinta elucubración, con un poco de miedo, aceptó a quedarse. Sin pensar entré a la carpa para despertar a los demás. Incluso dentro de la carpa hacía demasiado frío, y encender una fogata con la humedad de la madrugada iba a ser algo más que imposible. Cuando Roberto y Gonzalo recibieron la noticia, todavía estólidos por el sueño, saltaron entre asustados y emocionados.
Mientras Gonzalo buscaba algo para comer, Roberto y yo nos abrigamos para hacerle compañía a la gentil cholita que parecía moverse alrededor de la carpa. Cuando salimos, la fogata estaba encendida y la niña lanzaba al fuego las ramitas que habíamos acomodado el día anterior. Roberto, siempre tan jovial, empezó a conversar de lo mal que andaba el clima y de cómo afectaba ello a la lana de las ovejas. Calentamos un poco de agua y compartimos las pocas galletas que quedaban del cumpleaños. Estábamos los cinco sentados; seis con el perro que se nos unió un poco más tarde.
El café lo tomamos rápido. Queríamos partir a toda costa, teníamos sed de aventura, de peligro. Pero la paz que emanaba de la señora nos frenaba de una manera irritante. Después de una rápida conversación en código de miradas, nos paramos efusivos y comenzamos a hablar de varias cosas en voz alta. En menos de cinco minutos, la carpa ya estaba empaquetada y todos teníamos las mochilas en la espalda. No recuerdo que palabras usó la señora, pero todos entendimos que nos iba a acompañar por cualquier camino que tomemos. Y así fue.
Fue larga la caminata. Si dividiera el recorrido en dos partes, podría decir que la primera fue incómoda por la inesperada compañía. Pero la segunda, estimado lector, la segunda fue mágica. Incansables sus fuerzas, insufribles sus descalzados, inmutable su expresión, inalterable su presencia. Sin decir una palabra, teníamos con la señora, su hija y el perro una conexión inexplicable.
No puedo decir nada más, llegamos a Achocalla y al día siguiente a El Alto. Vimos desde ovejas hasta robos. Pero la experiencia tan sencilla de compartir el sudor de una travesía con una persona así, valió tanto que nunca lo contamos a nadie. Ese tipo de aventuras siempre terminan de una manera particular. Entre tantas personas y puestos de jugo de naranja Gonzalo desapareció. Roberto se encontró con un tío y se fueron sin despedirse. Vi rodar una piedra hasta mis pies, recordé la mandarina de la niña, la primera mañana con esa compañía, el perro. La señora y su hija se habían marchado. ¿Y el perro? ¿Perez? Subo.


jueves, 15 de septiembre de 2011

No digas te amo

No digas te amo. No lo digas nunca. Nadie tiene derecho a enterarte de tus problemas. Y por encima de eso, a nadie le importa. Son sólo palabras, letras formando ideas que independientes no significan nada, y juntas son independientes. No lo digas, no pierdas tu tiempo, no pierdas saliva, no pierdas oxígeno. Te amo, primero la lengua contra los dientes; seguido de una apertura modesta de la boca, para terminar con un chocar de labios explosivo, lleno de aire. Te-a-mo. Hueca, fría, sin abrazos ni miradas. Palabras que flotan en el aire y se pierden antes de llegar al conducto auditivo, antes de mezclar su semántica con la misma esencia del lenguaje. Te amo, muchas gracias de nada. No lo digas, no tiene sentido. ¿Te diste cuenta? Sin significado, sin alma, sin objetivo. Palabras que no van a ningún lado, de dudosa procedencia. Más útil es el cadáver de un animal, que estando aterido por su nula vitalidad nos puede alimentar y abrigar. Más cálido es el fuego que proviene de un trozo de árbol muerto, seco, sin vida. No digas te amo, no seas idiota creyendo que esas palabras pueden significar algo en la mente de quien quieres que escuche. No lo digas, y peor aún, no dejes de sentir lo que pasa por tu cabeza cuando no lo dices. Porque eso que sientes, eso es amor.


jueves, 11 de agosto de 2011

El hombre solo

El hombre solo:

Sabe esperar.
Estar estático en un lugar sin ser percibido.
Puede fusionar su existencia con aquello que la gente normal ignora.
Respira el aire que los otros hombres desperdician.
Ha disminuido la cantidad de personas que saluda por la mañana, ahorrando valiosos segundo que le permitirán después vivir acompañado.
Ha dejado de reunirse con hombres que sólo piensan en cómo dejar de hacerse influenciar por los hombres que se sólo se reúnen a pensar.
Conoce el verdadero color del gris, del negro y del blanco. Los ama.
Disfruta el verdadero frío del viento, la real humedad de la lluvia.
Sonríe indiferente para no ser descubierto abandonado.
Nunca falla.
Fuma.
Toma café en una mesa para dos.
Lee libros de autores solitarios para sentirse importante.
Conoce el verdadero significado del abrazo de una dama y lo añora con respeto.
No tiembla antes de llorar.
Escribe con palabras fáciles cuando está triste.
Camina lento. Y lo hace durante horas; sin modificar la trayectoria de los hombres que caminan rápido.
Extraña a su madre.
Respira profundo sólo en ocasiones de emergencia.
No reza.
Apaga las luces cuando es posible.
Deja de escribir cuando es necesario.

miércoles, 29 de junio de 2011

Cuento 2

21:08 – Viernes 15 de abril. La abuela dice que si comes carne y no ayunas, te vas de jeta al infierno. 

Y no pues, con esto del feisbuc es difícil encontrar tiempo para pasear y recordar viejas tradiciones paceñas. Si antes de estas sonseras la Huyustus era más transitada que la 21, esa la del ketal. 

Hoy regresé de un país vecino -de otro lugar se dificulta el regreso-. Sólo aquí podía terminar el papeleo de la universidad. Es una carrera larga, y simplemente no es motivante estar detrás de aquel que está en último lugar. 

Papeleo es sinónimo de filas dentro de la ciudad. Tuve suerte, la secretaria no se dio cuenta de mi carné de identidad caducado ni de mi título de bachiller sin firma. Igual no más les pagan por sellar macanas. Después de salir de esa oficina me fui a comer una hamburguesa, al Iglu obvio. A diferencia del exterior, en la ciudad no importa la calidad de la carne, la densidad de los condimentos, la limpieza del lugar ni la información nutricional. Basta con que diez pesos te alcancen para su coca cola y que su mayonesa no te salude para comer tranquilo. 

La casa de mi abuelo es algo especial. El aparato de entretenimiento por excelencia es la radio, la idea de comprar una televisión es pecado (no confundir con PK-2, el grupo favorito de mi abuelo, éste último está permitido en la radio). Si se presta atención al lugar, sobretodo en su patio, hay charangos que crean una suave música de fondo, unas zampoñas que ponen un ritmo lento de vida y como dos o tres voces profundas que tratan de contar la historia del lugar. No las entiendo, seguro es aymara.

He intentado masticar la hoja de coca con los premolares, como la gente normal. Pero mi abuelo dice que esas cosas -brackets- cagan el efecto. El dentista no tenía liguitas color aguayo, claro que luego uno se pregunta "¿y de qué color son pues?". Para eso estudian tanto estos médicos.

Extrañaba tanto el olor a aji de fideo de la cocina, los incesantes sonidos del tilín de en frente, el aroma a humintas los domingos, ese ají de maní de las tucumanas y tantas otras cosas más. Saliendo del museo hoy día, recordé lo mucho que extrañaba la desconfianza de los paceños. "¿Ya me has pagado?" me preguntaron antes de abrir la puerta. Sólo tienes que sonreír y se dan cuenta que estás a un paso de alterarte. Y creen que los estas mamando, que tienes alguna trampa lista bajo la manga -la manga derecha, de otra forma piensan que aparte de tramposo, eres masista-.

Y en mi casa, la empleada mira no más, parece que su guagua se dio cuenta primero que entre más chiquito sea lo que robes, más alto es su precio en el barrio chino. Ahora que lo menciono, ahí también se encuentran cosas del ketal. Esa la de la 21.

La música es otro arquetipo poco general usado en masas separadas por el ingreso mensual. The Beatles son los Kjarkas, Simple Plan se llama Antix, Eminem es un tal Papirri y el equivalente de Marley es Matamba -ojo que para estas comparaciones no se toma en cuenta la fama internacional, el conocimiento musical, la versificación profesional y el uso de alucinógenos (respectivamente)-.

Bella mi ciudad, con su variedad inexplicablemente similar a la de afuera. Y sus movilidades, que desfile, que exposición de motorizados. Compromiso eterno con nuestra sociedad. Siento a cada minibús que subo, al mismo par de señoras que charlan en el asiento de atrás, las mismas voces, el mismo argumento, la misma parada, las mismas monedas, el mismo celular, el mismo "Fernando le vas a hacer comer segundo al Mauri". Típico de La Paz. Hoy la pelea fue con escolares, llegó el dos setenta vacío y logré entrar a la fila del fondo, esa que no tiene ventanas para abrir y al mal calculado centro una barrita metálica que sólo sirve para rompemuelles olvidados, curvas cerradas y choferes emputados.

Ni aipods, ni emepetreses, ni libros, ni cuates, ni charlas, ni novia(s) te salvan del obnubilante ritmo de la radio de nuestro amigo el conductor. Es tan fuerte el bolumen que vale escribirlo con b. Y está prohibido hablarle, mirarlo, tocarle, tocarlo, molestarle y molestarlo. Así dicen los stikers. Primero pasas por su manager -vocero según los noticieros-. Y si éste no te presta atención, está permitido hacerle renegar pidiéndole tu vuelto cada tres minutos.

Tengo cierta prisa de querer dejar este lugar otra vez. El marcharse por un tiempo de la tierra rutina siembra una ansiedad que solo es cosechada después, cuando uno empieza a extrañar la agobiante vida del paceño. Afuera sólo piensas en la llajua y en esas cebras cruzando las calles en dos patas, pretendiendo ser humanos. Que giles. Extrañar esas marchas, bloqueos movilizados –con ironía y todo-, bajo en la esquina, rebajame casera, nadie se queda cruce, llevate caserito y tantas otras frases poéticas nacidas del duro corazón paceño. 

Ojala esta cosa tenga formato de cuento. Ya viene la mesera -"amiga" para los que pagan fraccionado- con el famoso café de 18 bolivianos. Taza chiquita, qué vaina.


lunes, 20 de junio de 2011

La situación aquí es...


Catastrófica.

La respuesta más eficiente. Y esa respuesta es más eficiente aún cuando los dedos no te responden bien. Es lo suficientemente corta para decirle a alguien, que la situación está tan mal, pero tan mal, que no tienes más palabras para describirla. Es eficiente cuando la garganta se enreda, cuando el frío te anonada. Sí, la situación en este preciso momento, es cabalmente catastrófica. Sin embargo, no es seria. Se puede sobrellevar, no parece generar motivaciones para el cambio. Eso es, pareciera que solo hace falta respirar, escribir. La situación es catastrófica, pero no es seria. Como en la segunda guerra mundial, que belleza. Después de seis líneas de texto, ya no importa nada. Que alivio más inmediato. ¿Eso es sangre? Creo que quedó un poco del anterior capítulo.

...

¡Badulaque indigente! ¡Como te atreviste a hacerlo!

...

Sólo hace falta relajarse. Cómo la historia del rey y su anillo, cuya inscripción lo tranquilizaba incluso en esos momentos de incalculables augurios de destrucción. ¿Que decía en el anillo? Pues sus palabras, para los entendidos, eran más fuertes que cualquier hechizo de la época. La frase grabada en el anillo podía devolverle la paz a cualquier persona que se disponía a entenderlo, a aceptarlo, a recibirlo. "Ya pasará". Solo queda repetir esa frase, hasta que se la pueda comprender.

...

¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio! Tres y mil veces más. ¡Te odio!

...

Qué se supone que se hace después de disfrutar la angustia. En una hoja de árbol resumí lo que se siente de la forma más objetiva. Las materialicé en distintos periodos de tiempos, cuando lo que se sentía era diferente. Variaba de forma casi imperceptible, un matiz de sentimientos, colores y frecuencias en el llanto. Veamos:

Tipo 17:09

Se siente frío, al menos frío más que cualquier otra cosa. Las tripas se revuelven. Después de analizar el movimiento que hacen las tripas pude identificar que es puntualmente entre el apéndice y la cavidad inferior del hígado. El movimiento es circular, en el sentido de las manecillas del reloj (en ocasiones es confuso, pero  cerrando los ojos se esclarece). Dependiendo de la música la intensidad de los anteriormente mencionados puede variar. 

Después de las 18:00

El frío sigue, pero no es el mismo al anterior. Debí haber especificado un poco más el anterior, pues no logro identificar la diferencia. El de ahora es pasivo, no lastima, solo enfría. Ese dolor en el cuello es por la tensión, no tiene nada que ver con el contexto actual. A pesar de tener las manos calientes, no puedo sacarlas de los bolsillos. Se humedecen de sobremanera y el frío pasa a ser doloroso en ese caso específico. De sentado me tiemblan las rodillas, y la frecuencia de los suspiros aumenta. He decidido sacarme los audífonos, pues como curioso dato pareciera que bajo esta sensación de opresión también se respira por los oídos. 

No tengo idea de la hora...

Que asco. Ganas de vomitar.

...

Empieza a preocuparme la situación, leí tres veces lo escrito y no entiendo nada. Cambiamos de caja, aumentamos la velocidad. Lio no me quiere escuchar. No entiendo porqué decidió ser mi amigo imaginario si en estas se hace la víctima. Más vale que no me salga con huelgas. 

Así es, la situación aquí es seria. Es muy seria, pero no catastrófica. Como en la segunda guerra mundial. Que belleza.

viernes, 17 de junio de 2011

Me corté con papel

¡Maldito comunismo! Un cacho, entrada equivocada. Va de nuevo.


No te voy a mentir, tampoco te lo diré de cara, que no es lo mismo. Los pantalones te quedan anchos. Trato de creer que es intencional, que sabes que te quedan así, y que a pesar del cómo te queden los usas porque te sientes bien en ellos. Pero no es solamente eso, en ti hay un montón de cosas que no te quedan. ¿O es que en ese montón de cosas hay algo que no puede desprenderse de lo ordinario, de lo aburrido de la ropa (sí Mariana, aburridos como los pantalones) y simplemente dejas detrás a la simplicidad de las telas, al perecedero cruzado de hilos, a la inextensible realidad del material. Justo en ese momento alzó su brazo para defenderse. Y después de tremendo susto despertó agitado, asustado, algo húmedo aunque es difícil identificar de donde exactamente. El sueño era extraño, no era la primera vez que sucedía y rogaba con todas sus ganas que fuese la última. Debieron ser las 2 de la madrugada, y quiso contármelo así a pesar de todas las veces que dije que sólo se dice madrugada a partir de las tres. A decir verdad, el peinado no está del todo bien. Pero no es el mismo problema que los pantalones, pues de tu cabello no te puedes desprender. No porque no puedas, es porque te conozco. Vi alguna foto tuya con otro peinado, supongo que después de aquello es que decidiste el cambio de luc. Acerca de tu ondulante decisión no tengo más comentarios, quizá cuando pueda abrazarte pueda comentar algo más. Cuando le contó a su padre mencionó que eran las 4 de la madrugada, que injusto. De muchas formas intentamos hacerle entender que era solo un sueño, que nada tenía que ver con sus zapatos izquierdos, que podía dormir tranquilo. Sin embargo, desde esa vez lo veo escribir en su cuarto. Traté de acercarme a uno de sus cuadernos (sin cuadrícula por supuesto). Lo que realmente te queda bien son esas camisetas. ¿Tienes millones verdad? cada color, cada diseño, cada detalle, cada mañana que te veo usarlas... Si esas camisetas no hablan de ti, entonces todo lo que escribí por ti es vano. Son casi tan perfectas como tu. El tamaño, que deja ver exactamente lo que debe verse de tus brazos. La textura, que deja apreciar la verdadera tersura de tu piel. La ligereza, que hace del indiferente viento su aliado. Las mejores ideas de cómo destruir este asqueroso planeta las obtuve de ese cuaderno. En algunos casos no hacía falta leer el contenido de una página; bastaba con entender el título con los ojos cerrados para crear un holocausto apocalíptico con la mente. La primera vez me emocioné demasiado con el cuaderno, que lo tomé robado. Sabía que estaba haciendo algo malo, pero me tranquilizaba la idea de que una vez ejecutada alguna idea del cuaderno, el mal inicial quedaría completamente mitigado.
¡Carajo! Sangre...



domingo, 12 de junio de 2011

Cuento 1

Y aún había luz en la ciudad, parecían las tres de la tarde. Todavía no logro entender la razón de su miedo. Quizá de pequeña tuvo algún susto para que ahora le tema tanto al anochecer. Pero eso no viene al caso, el punto es que le inventé algún cuento para que se quedará conmigo, y se lo creyó.

Hace falta ser tonto para desaprovechar tremenda oportunidad. Había estado buscando una situación así durante años, desde que la conocí. Talvez desde más antes, desde que la vi. Corría el mes de abril, detrás corría mayo. Y junto a las más comunes y ordinarias quejas escolares, corríamos nosotros.

Estábamos en el mismo plano, en la misma ciudad, en el mismo curso, en el mismo ritmo de vida. Respirábamos el mismo aire, sentíamos el mismo viento, creíamos las mismas mentiras, soñábamos los mismos... no, eso no. Estábamos juntos en tantos aspectos, que parecía injusto no conocerla.

Así deje pasar mayo y junio, pasaron corriendo como de costumbre, por eso no me importa. Al volver del invierno, tomé una decisión sacrificada. Estaba cansado de solo escribirle, de solo usarla como objeto de inspiración. A ella no parecía importarle, ni siquiera se enteró. Debo admitir que me gustaba creer que estaba ansiosa por leer lo que escribía, por saber lo que pensaba, por sentir lo que sentía.

Esa tarde se lo dije...
Decisión sacrificada.