Hacia
las ladrilleras, dijo el taxista. La primera noche tuvo lugar en un
estrecho sendero en medio de la nada, justo en medio. Descansamos
temprano, hubiese sido descortés caminar más allá de medianoche.
Cuando las estrellas obnubilaban el campo abandonado, le cantamos
cumpleaños felices a Gonzalo. Con solamente dos salchichas en el
estómago y unas cuantas galletas, armamos la carpa y dormimos.
El
ruido de lo que parecían unos pasos fuera de la carpa me despertó
muy temprano al día siguiente. Era una señora de pollera liviana.
Tenía un palo de madera en la mano izquierda, delgado por suerte.
Detrás se escondía, tímida, una pequeña niña de unos ocho años;
agarraba una mandarina -no podía ser una piedra, pues brillaba por
la humedad de su saliva- y su mirada amenazaba con asestar la amarga
fruta contra mi cabeza. Mis compañeros estaban ateridos dentro de la
carpa, por lo que no pude endorsar la necesidad de conversar con la
expectante madre.
Alegría
en el habla, creo que siempre funciona. Me preguntó el porqué de
nuestro acampar y a dónde nos dirigíamos. No podía mentir, y no
conocía nada acerca del lugar. Le comenté que nos gustaba caminar y
me atreví a invitarla a desayunar con nosotros. Después de una
sucinta elucubración, con un poco de miedo, aceptó a quedarse. Sin
pensar entré a la carpa para despertar a los demás. Incluso dentro
de la carpa hacía demasiado frío, y encender una fogata con la
humedad de la madrugada iba a ser algo más que imposible. Cuando
Roberto y Gonzalo recibieron la noticia, todavía estólidos por el
sueño, saltaron entre asustados y emocionados.
Mientras
Gonzalo buscaba algo para comer, Roberto y yo nos abrigamos para
hacerle compañía a la gentil cholita que parecía moverse alrededor
de la carpa. Cuando salimos, la fogata estaba encendida y la niña
lanzaba al fuego las ramitas que habíamos acomodado el día
anterior. Roberto, siempre tan jovial, empezó a conversar de lo mal
que andaba el clima y de cómo afectaba ello a la lana de las ovejas.
Calentamos un poco de agua y compartimos las pocas galletas que
quedaban del cumpleaños. Estábamos los cinco sentados; seis con el
perro que se nos unió un poco más tarde.
El
café lo tomamos rápido. Queríamos partir a toda costa, teníamos
sed de aventura, de peligro. Pero la paz que emanaba de la señora
nos frenaba de una manera irritante. Después de una rápida
conversación en código de miradas, nos paramos efusivos y
comenzamos a hablar de varias cosas en voz alta. En menos de cinco
minutos, la carpa ya estaba empaquetada y todos teníamos las
mochilas en la espalda. No recuerdo que palabras usó la señora,
pero todos entendimos que nos iba a acompañar por cualquier camino
que tomemos. Y así fue.
Fue
larga la caminata. Si dividiera el recorrido en dos partes, podría
decir que la primera fue incómoda por la inesperada compañía. Pero
la segunda, estimado lector, la segunda fue mágica. Incansables sus
fuerzas, insufribles sus descalzados, inmutable su expresión,
inalterable su presencia. Sin decir una palabra, teníamos con la
señora, su hija y el perro una conexión inexplicable.
No
puedo decir nada más, llegamos a Achocalla y al día siguiente a El
Alto. Vimos desde ovejas hasta robos. Pero la experiencia tan
sencilla de compartir el sudor de una travesía con una persona así,
valió tanto que nunca lo contamos a nadie. Ese tipo de aventuras
siempre terminan de una manera particular. Entre tantas personas y
puestos de jugo de naranja Gonzalo desapareció. Roberto se encontró
con un tío y se fueron sin despedirse. Vi rodar una piedra hasta mis
pies, recordé la mandarina de la niña, la primera mañana con esa
compañía, el perro. La señora y su hija se habían marchado. ¿Y
el perro? ¿Perez? Subo.
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