jueves, 22 de septiembre de 2011

Scout

Soy scout. Gonzalo y Roberto eran parte de mi círculo aventurero. Círculo porque en todo momento llegábamos a ser la mano derecha del que estaba a lado. El 21 de septiembre partimos, lo recuerdo porque el taxi que tomamos de la fuente del Prado tenía en la parte delantera no sólo al conductor, si no a su apollerada consorte. Debo admitir que a pesar de todos los años que he convivido con estos dos hermanos míos -no son hermanos de sangre, de sudor frío quizá, pero de sangre no- hemos estado pasando, con mayor frecuencia, por discusiones existenciales. Gonzalo es ateo (jura por Dios que lo es) y Roberto es budista. Para ese entonces yo tenía una convicción católica que podía derrotar al más necio agnóstico. Nos fuimos sin un rumbo fijo, hacíamos este tipo de viajes a menudo. Girar una botella de Simba -Roberto odiaba la Pepsi, nunca supe porqué- y caminar con dirección al objetivo de la tapa. Sic igitur ad astra.
Hacia las ladrilleras, dijo el taxista. La primera noche tuvo lugar en un estrecho sendero en medio de la nada, justo en medio. Descansamos temprano, hubiese sido descortés caminar más allá de medianoche. Cuando las estrellas obnubilaban el campo abandonado, le cantamos cumpleaños felices a Gonzalo. Con solamente dos salchichas en el estómago y unas cuantas galletas, armamos la carpa y dormimos.
El ruido de lo que parecían unos pasos fuera de la carpa me despertó muy temprano al día siguiente. Era una señora de pollera liviana. Tenía un palo de madera en la mano izquierda, delgado por suerte. Detrás se escondía, tímida, una pequeña niña de unos ocho años; agarraba una mandarina -no podía ser una piedra, pues brillaba por la humedad de su saliva- y su mirada amenazaba con asestar la amarga fruta contra mi cabeza. Mis compañeros estaban ateridos dentro de la carpa, por lo que no pude endorsar la necesidad de conversar con la expectante madre.
Alegría en el habla, creo que siempre funciona. Me preguntó el porqué de nuestro acampar y a dónde nos dirigíamos. No podía mentir, y no conocía nada acerca del lugar. Le comenté que nos gustaba caminar y me atreví a invitarla a desayunar con nosotros. Después de una sucinta elucubración, con un poco de miedo, aceptó a quedarse. Sin pensar entré a la carpa para despertar a los demás. Incluso dentro de la carpa hacía demasiado frío, y encender una fogata con la humedad de la madrugada iba a ser algo más que imposible. Cuando Roberto y Gonzalo recibieron la noticia, todavía estólidos por el sueño, saltaron entre asustados y emocionados.
Mientras Gonzalo buscaba algo para comer, Roberto y yo nos abrigamos para hacerle compañía a la gentil cholita que parecía moverse alrededor de la carpa. Cuando salimos, la fogata estaba encendida y la niña lanzaba al fuego las ramitas que habíamos acomodado el día anterior. Roberto, siempre tan jovial, empezó a conversar de lo mal que andaba el clima y de cómo afectaba ello a la lana de las ovejas. Calentamos un poco de agua y compartimos las pocas galletas que quedaban del cumpleaños. Estábamos los cinco sentados; seis con el perro que se nos unió un poco más tarde.
El café lo tomamos rápido. Queríamos partir a toda costa, teníamos sed de aventura, de peligro. Pero la paz que emanaba de la señora nos frenaba de una manera irritante. Después de una rápida conversación en código de miradas, nos paramos efusivos y comenzamos a hablar de varias cosas en voz alta. En menos de cinco minutos, la carpa ya estaba empaquetada y todos teníamos las mochilas en la espalda. No recuerdo que palabras usó la señora, pero todos entendimos que nos iba a acompañar por cualquier camino que tomemos. Y así fue.
Fue larga la caminata. Si dividiera el recorrido en dos partes, podría decir que la primera fue incómoda por la inesperada compañía. Pero la segunda, estimado lector, la segunda fue mágica. Incansables sus fuerzas, insufribles sus descalzados, inmutable su expresión, inalterable su presencia. Sin decir una palabra, teníamos con la señora, su hija y el perro una conexión inexplicable.
No puedo decir nada más, llegamos a Achocalla y al día siguiente a El Alto. Vimos desde ovejas hasta robos. Pero la experiencia tan sencilla de compartir el sudor de una travesía con una persona así, valió tanto que nunca lo contamos a nadie. Ese tipo de aventuras siempre terminan de una manera particular. Entre tantas personas y puestos de jugo de naranja Gonzalo desapareció. Roberto se encontró con un tío y se fueron sin despedirse. Vi rodar una piedra hasta mis pies, recordé la mandarina de la niña, la primera mañana con esa compañía, el perro. La señora y su hija se habían marchado. ¿Y el perro? ¿Perez? Subo.


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