lunes, 31 de octubre de 2011

Maldita ninfulomanía

Así estaba ella, esperando a una estrella que la lleve lejos. Se sentía pequeña, fracasada, en el fondo del mundo. Trataba siempre de respirar profundo para sentir el aroma de las rosas de las personas que pasaban con dirección al cementerio. Y esa voz, esa que le decía: Ven, ven conmigo... Cierra tus ojos y sueña. En el piso no quedaba nada, nada podía olvidarse antes de marchar pues nada llevaba. No había nada que perder, había intentado por días seguidos rascar el cielo para quitarle un poco de su irritante indiferencia azul. Y esa voz, esa que le decía: Cierra tus ojos, ciérralos y sueña. Tres minutos después, le puso pausa, retrocedió la pista para que sonara de nuevo y continuó escuchando la voz.

Débil. Tiene el corazón débil, diecisiete años y está asustada. Ven, ven conmigo. La música de fondo está cada vez más lenta y de alguna forma todas las siluetas de su alrededor se vuelven blanco y negro. El corazón se asfixia, le cuesta respirar. Cierra los ojos y sueña. Las rosas pierden su aroma, su color, para qué sirven si no es para olerlas y mirarlas. 

No se lo puede contener.